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domingo, 11 de julio de 2010

La parábola de las huellas en la arena

El pescador solitario era un auténtico hombre de Dios. Había escogido su camino por vocación. Su vida de soledad y de silencio era deseada.
Buscaba con sinceridad a Dios. El mar, la arena, la barca, el cielo, la pesca.... todo le hablaba de Dios y le servía para comunicarse con El.
Un día tuvo la audacia de pedir al Señor un signo claro y evidente de su presencia y de su compañía constante:
"Señor, hazme ver que tu siempre estas conmigo". Y mientras hacía esta oración tenía una gran paz en su alma. Caminaba con paso sereno a la orilla del mar. Cuando llegó a las rocas que cerraban la playa, y reemprendía el camino que le conducía nuevamente a su casa, observó con asombro que junto a las huellas de sus pies descalzos había otras cercanas y visibles.
"Mira, -le dijo el Señor-, ahí tienes la prueba de que camino a tu lado. Esas pisadas tan cercanas a las tuyas son las huellas de mis pies. Tu no me has visto, pero yo caminaba a tu lado."
La alegría que tuvo fue inmensa. Desbordaba de gozo. El Señor le había dado la prueba esperada y deseada. La respuesta de Dios a su plegaria sobrepasaba lo que hubiera podido soñar. A partir de este "signo" sorprendente de Dios, la oración del pescador solitario adquirió aires nuevos. La gratitud no tenía límites en su alma. El gozo de la alabanza era el pan de cada día. Empezó a pedir y a interceder por todos los hombres con una confianza nueva.
Pero no siempre fue así. Días de tormenta y de frío nublaron el horizonte. El cansancio de los duros días de trabajo se hizo notar. Los días de labor infructuosa llenaron su corazón de desánimo. Eran los tiempos de la prueba. Caminaba taciturno por la playa. Al llegar a las rocas volvió sobre sus pasos y observó que, esta vez en la arena, sólo había la huella de los pies descalzos. Aquel día su oración fue de protesta:
"Señor, has caminado conmigo cuando estaba alegre y sereno, y me lo hiciste ver. Ahora que estoy con el alma por tierra, ahora que el desánimo y el cansancio hacen mella en mi vida... me has dejado solo. ¿Por qué Señor? ¿Dónde estás ahora?"
La voz del Señor no se hizo esperar:
"Mira amigo... cuando estabas bien, cuando la calma y la serenidad inundaban tu alma, yo caminaba a tu lado. Pudiste ver mis huellas en la arena... ahora que estas mal, cansado y abatido, ya no camino a tu lado porque he preferido llevarte en mis brazos. Las pisadas que ves en la arena no son las tuyas, son las mías, son profundas y claras.... marcadas por el peso de tu propio cansancio..."

lunes, 10 de mayo de 2010

Ausencia de Dios



Este es un cuento que me recordó uno de los jóvenes de mi grupo...

"Un profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta.

-¿Dios creó todo lo que existe?
Un estudiante contestó valiente:
-Sí, lo hizo.
-¿Dios creó todo?
-Sí señor, -respondió el joven.
El profesor contestó,
-Si Dios creó todo, entonces Dios hizo el mal, pues el mal existe y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo.
El estudiante se quedó callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe cristiana era un mito. Otro estudiante levantó su mano y dijo:
-¿Puedo hacer una pregunta, profesor?.
-Por supuesto, -respondió el profesor.
El joven se puso de pie y preguntó:
-¿Profesor, existe el frío?,
-¿Qué pregunta es esa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?.
El muchacho respondió:
-De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es ausencia de calor. “Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor”. Y, ¿existe la oscuridad? -continuó el estudiante.
El profesor respondió:
-Por supuesto.
El estudiante contestó:
-Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe. La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores en que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuan oscuro está un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente.
Finalmente, el joven preguntó al profesor:
-Señor, ¿existe el mal?.
El profesor respondió:
-Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal.
A lo que el estudiante respondió:
-El mal no existe, señor, o al menos no existe por si mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios. Dios no creó el mal. No es como la fe o el amor, que existen como existen el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.
Entonces el profesor, después de asentar con la cabeza, se quedó callado."

Anónimo

jueves, 29 de abril de 2010

El hombre de las manos atadas

"Era un hombre como todos los demás. Un hombre normal. Tenía cosas buenas y cosas malas, como cualquiera. No era diferente.

Una noche llamaron a su puerta y, cuando abrió, se encontró con sus enemigos, que habían ido a buscarle. Eran varios y habían ido todos juntos. Sus enemigos le ataron las manos. Después le explicaron que era lo mejor para él, que así, con las manos atadas, no podría hacer nada malo. Pero no quisieron decirle, o tal vez se olvidaron, que tampoco podría hacer nada bueno. Se fueron y dejaron un guardián a la puerta para que nadie le desatara.

A principio se desesperó y, con todas sus fuerzas, trató de romper las ataduras. Pero fue en vano. Más tarde, cuando se convenció de que su esfuerzo era inútil, intentó adaptarse a la nueva situación y, poco a poco, lo consiguió. En un primer momento le costó, pero con el tiempo logró quitarse los zapatos, beber agua, comer, encender la televisión… Y empezó olvidarse de que antes tenía las manos libres. Entre tanto, su guardián le contaba la cantidad de cosas que acallan en el exterior los que tenían las manos libres. Pero no quiso decirle, o tal vez se olvidó, que también hacían muchas cosas buenas.

Pasaron unos días, meses, años… y el hombre se acostumbró totalmente a sus ligaduras. A menudo, su guardián le recordaba que gracias a que tenía las manos atadas no podía hacer nada malo, pero nunca le dijo que por culpa de eso había dejado de hacer un montón de cosas buenas. De todas las formas, ya estaba tan acostumbrado…

Un buen día o… un mal día…, un día cualquiera, alguien sorprendió despistado al guardián, entro por la puerta y rompió las ataduras de las manos del hombre. Ese alguien le dijo: ¡Ya eres libre! Pero era demasiado tarde. Las manos del hombre estaban totalmente atrofiadas."

Adaptación de un cuento de Carlos Giner

martes, 27 de abril de 2010

Antigua leyenda noruega

"El viejo Haakón cuidaba una cierta ermita. En ella se conservaba un Cristo muy venerado que recibía el significativo nombre de «Cristo de los Favores». Todos acudían a él para pedirle ayuda. Un día, también el ermitaño Haakón decidió solicitar un favor y, arrodillado ante la imagen, dijo:

- Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la cruz.

Y se quedó quieto, con los ojos puestos en la imagen, esperando una respuesta. De repente -oh, maravilla - vio cómo el Crucificado comenzaba a mover los labios y le decía:

- Amigo mío, accedo a tu deseo; pero ha de ser con una condición: que, suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardar siempre silencio.

- Te lo prometo, Señor.

Y se efectuó el cambio. Nadie se dio cuenta de que era Haakón quien estaba en la cruz, sostenido por los cuatro clavos, y que el Señor ocupaba el puesto del ermitaño. Los devotos seguían desfilando pidiendo favores, y Haakón, fiel a su promesa, callaba. Hasta que un día...

Llegó un ricachón, el cual, después de haber orado, dejó allí olvidada su bolsa. Haakón lo vio, pero guardó silencio. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas más tarde, se apropió de la bolsa del rico. Y tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él poco después para pedir su protección antes de emprender un viaje. Pero no pudo contenerse cuando vio regresar al hombre rico, el cual, creyendo que era aquel muchacho el que se había apoderado de la bolsa, insistía en denunciarlo. Se oyó entonces una voz fuerte:

- Detente.

Ambos miraron hacia arriba y vieron que era la imagen la que había gritado. Haakón aclaró cómo habían ocurrido realmente las cosas. El rico quedó anonadado y salió de la ermita. El joven salió también, porque tenía prisa por emprender su viaje. Cuando, por fin, la ermita quedó sola, Cristo se dirigió a Haakón y le dijo:

- Baja de la cruz. No vales para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio.

- Señor dijo Haakón confundido -, ¿cómo iba a permitir esa injusticia?

- Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa -le contestó Cristo -, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una mujer. El pobre, en cambio, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo. En cuanto al muchacho último, si hubiera quedado retenido en la ermita, no habría llegado a tiempo de embarcar y habría salvado la vida, porque has de saber que en estos momentos su barco está hundiéndose en alta mar."

sábado, 17 de abril de 2010

El elefante encadenado (Jorge Bucay)

Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de tamaño, peso y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.
Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.
El misterio es evidente:
¿Qué lo mantiene entonces?
¿Por qué no huye?
Cuando tenia cinco o seis años yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia:
- Si esta amaestrado, ¿por que lo encadenan?
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvide del misterio del elefante y la estaca... y solo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.
Hace algunos años descubrí que por suerte para mi alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.
Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó, tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo, no pudo.
La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía...
Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal acepto su impotencia y se resignó a su destino.
Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree - pobre- que NO PUEDE.
El tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.
Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...

jueves, 11 de febrero de 2010

Palabras

"Los discípulos estaban enzarzados en una discusión sobre la sentencia de Lao Tse:
Los que saben no hablan; Los que hablan no saben.
Cuando el Maestro entró donde aquellos estaban, le preguntaron cuál era el significado exacto de aquellas palabras. El Maestro les dijo: ¿Quién de vosotros conoce la fragancia de la rosa? Todos la conocían. Entonces les dijo: Expresadlo con palabras."
Anthony de Mello

viernes, 15 de enero de 2010

"El rey que queria ser alabado" (Jorge Bucay)

"Hubo una vez un rey a quien la vanidad había vuelto loco (la vanidad siempre termina por volver loca a la gente).

Ese rey mandó construir, en los jardines de su
palacio, un templo y dentro del templo hizo poner una gran estatua de sí mismo en posición de loto.

Todas las mañanas después del desayuno, el rey iba a su templo y se postraba ante su imagen orándose a sí mismo.

Un día decidió que una religión que tuviera un solo seguidor no era una gran religión, así que pensó que debía tener más adoradores.

Decretó entonces que todos los soldados de la guardia real se postrasen ante la estatua por lo menos una vez al día. Lo mismo debían hacer todos los servidores y los ministros del reino.

Su locura crecía a medida que pasaba el tiempo y, no conforme con la sumisión de los que lo rodeaban, dispuso un día que la guardia real fuera al mercado y trajera a las tres primeras personas con las que se cruzaran.

Con ellas, pensó, demostraré la fuerza de la fe en mí. Les pediré que se inclinen ante mi imagen. Si son sabios, lo harán y si no, no merecen vivir.

La guardia fue al mercado y trajo a un intelectual, a un sacerdote y a un mendigo que eran, en efecto, las tres primeras personas que encontraron.

Los tres fueron conducidos al templo y allí el rey les dijo:

—Esta es la imagen del único y verdadero Dios, postraos ante ella o vuestras vidas serán ofrecidas como sacrificio ante él.

El intelectual dijo:

—El rey está loco y me matará si no me inclino. Este es evidentemente un caso de fuerza mayor. Nadie podría juzgar mal mi actitud a luz de que fue hecha sin convicción, para salvar mi vida y en función de la sociedad a la cual me debo –y dicho esto se postró ante la imagen.

El sacerdote dijo:.—El rey ha enloquecido y cumplirá su amenaza. Yo soy un elegido del verdadero Dios y por lo tanto, mis actos espirituales santifican el lugar donde esté. No importa cuál sea la imagen, será el verdadero Dios aquel a quien yo esté honrando.

Y se arrodilló.

Llegó el turno del mendigo, que no hacía ningún movimiento.

—Arrodíllate –dijo el rey.

—Majestad, yo no me debo al pueblo, que en realidad la mayor parte de las veces me corre a patadas de los umbrales de sus casas. Tampoco soy el elegido de nadie, salvo de los pocos piojos que sobreviven en mi cabeza. Yo no sé juzgar a nadie ni puedo santificar ninguna imagen; y en cuanto a mi vida, no creo que sea un bien tan preciado como para hacer ridiculeces para conservarla... Por lo tanto, mi señor, no encuentro ningun razón valedera para arrodillarme aquí...

Dicen que la respuesta del mendigo conmovió tanto al rey, que este se iluminó y comenzó a revisar sus propia posturas.

Sólo por ello, cuenta la leyenda, el rey se curó y mandó reemplazar el templo por una fuente y la estatua por enormes canteros con flores."

martes, 5 de enero de 2010

Los reyes magos

Hoy es el dia; hay quien no para de recordarme que "hay que se bueno porque nos estan vigilando"; "porque los Reyes Magos estan comprobando lo bueno/a que eres para traerte regalos"... Hace no mucho descubrí esta entreañable historia que hoy comparto aquí.

La verdad sobre los Reyes Magos

Apenas su padre se había sentado, al llegar a casa, dispuesto a escuchar como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta, en voz baja, como con miedo, le dijo:«¿Papá?»

–Sí, hija, cuéntame.

–«Oye, quiero… que me digas la verdad».
–Claro, hija. Siempre te la digo, respondió el padre un poco sorprendido.

–«Es que…», titubeó Cristina.

–Dime, hija, dime.

–«Papá, ¿existen los Reyes Magos?»

El padre de Cristina se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.
–«Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?»


La nueva pregunta de Cristina le obligó a volver la mirada hacia la niña, y tragando saliva le dijo:
–¿Y tú qué crees, hija?

–«Yo no sé, papá: que sí y que no. Por un lado, me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso».

–Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero…
–«Entonces es verdad?–cortó la niña con los ojos humedecidos–. ¡Me habéis engañado!»
–No, mira, nunca te hemos engañado, porque los Reyes Magos sí que existen, respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Cristina.
–«Entonces no lo entiendo, papá».

–Siéntate, cariño, y escucha esta historia que te voy a contar, porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla, dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.Cristina se sentó entre sus padres, ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:
–Cuando el Niño Dios nació, tres Reyes que venían de Oriente, guiados por una gran estrella, se acercaron al Portal para adorarlo. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:“¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían”. “¡Oh, sí! –exclamó Gaspar–. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo”. Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó: “Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito…” Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió, y la voz de Dios se escuchó en el Portal:“Sois muy buenos, queridos Reyes, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?” “¡Oh, Señor! –dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas–. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero no podemos tener tantos pajes, no existen tantos”. “No os preocupéis por eso –dijo Dios–. Yo os voy a dar, no uno, sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo”. “¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible?”, dijeron a la vez los tres Reyes con cara de sorpresa y admiración. “Decidme, ¿no es verdad que los pajes deberían querer mucho a los niños y conocer muy bien sus deseos?”, preguntó Dios. “Sí, claro, eso es fundamental”, asintieron los tres Reyes. “Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?” Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:“Puesto que así lo habéis querido y para que, en nombre de los tres Reyes de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, Yo ordeno que, en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte, regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y, a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del belén, recordarán que, gracias a los tres Reyes Magos todos son más felices”.

Cuando el padre de Cristina hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó, y dando un beso a sus padres dijo:
–«Ahora sí que lo entiendo todo, papá. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado».

Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano, mientras decía: –«No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero», y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.


Que paseis un buen día de reyes con los que os quieren y que os traigan mucho de lo que de verdad necesiteis...

miércoles, 23 de diciembre de 2009

El herrero y la fragua (Carlos G Valles)

Es la historia de un herrero que se entregó a Dios. Durante muchos años trabajó con ahínco, practicó la caridad, pero, a pesar de toda su dedicación, nada parecía andar bien en su vida, muy por el contrario, sus problemas y sus deudas se acumulaban día a día.

Un amigo se compadeció de sus sufrimientos y expresó su extrañeza de que, sirviendo tan bien a Dios, sufriera tanto. El herrero contestó: "En este taller yo recibo el acero aún sin trabajar, y debo transformarlo en espadas. ¿Sabes tú cómo se hace esto? Primero caliento la chapa de acero a un calor infernal, hasta que se pone al rojo vivo; enseguida, sin ninguna piedad, tomo el martillo más pesado y le aplico varios golpes, hasta que la pieza adquiere la forma deseada; luego la sumerjo en un balde de agua fría, y el taller entero se llena con el ruido y el vapor, porque la pieza estalla y grita a causa del violento cambio de temperatura. Tengo que repetir este proceso hasta obtener la espada perfecta; una sola vez no es suficiente."

El herrero hizo una pausa y continuó: "Sé que Dios me está colocando en el fuego de las aflicciones. Acepto los martillazos que la vida me da, pero la única cosa que pienso es: Dios mío, no desistas, hasta que yo consiga tomar la forma que tú esperas de mí."

domingo, 25 de octubre de 2009

"Adaptarse"

“El murciélago es una criatura muy rara. Cuando extiende sus alas y vuela se parece a un ave. Cuando las cierra y se esconde en su cubil se parece a un ratón. Refiere Esopo que allá en una antigüedad muy remota se desató una guerra entre las aves y los demás animales. El murciélago, que era muy cobarde, ideó un truco para evadir el tener que ir a la guerra. Cuando se encontraba con las aves abría sus alas y volaba pareciendo un pájaro. Cuando se encontraba con los animales las cerraba y se hacía aparecer como uno de ellos. Lo inevitable sucedió. Las aves pronto descubrieron que en realidad él no era un pájaro. Los animales a su vez decidieron que él no era uno de ellos. Tanto los unos como los otros arremetieron contra él. Y desde entonces, según Esopo, el murciélago teme salir a la claridad y es por eso que hace sus correrías de noche. “

Dos caras... Que fácil es “camuflarse” para lidiar con las dificultades, para escoger caminos más sencillos o más cómodos. Que sencillo es dejarse llevar por el “entorno” cuando te ofrece una “realidad” utópica mucho más agradable que la propia. Y, a su ves, que complicado es mantener la cordura cuando hasta uno mismo se estimula en caminos erróneos.

A la larga, se acaba como el murciélago; con dos caras muy diferenciadas. Con una cara para el diario y otra para la privacidad. Por momentos un roedor que mendiga a los demás, por otros una ave que busca alcanzar cotas más altas. Pero con miedo de mostrar en el momento erróneo la cara equivocada.

La realidad debería ser muy diferente; debería consistir en ser lo que uno mismo es, sin dobleces... sin “cabezonerias” pero sin “chaqueterismos” (aceptando las correcciones pero no sin razón). Mantener la coherencia de vida sin condicionamientos externos de ningún tipo pero tampoco sin aislarse; sino siendo parte individual y a la vez colectiva de todo tu entorno. “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y alaben a vuestro Padre que esté en los cielos” (Mt 5, 16)

Estos último días me he dado cuenta de algunas cosas, entre ellas que cada vez me dejo más en manos del entorno y olvido lo que de verdad ha de “guiarme”, lo que me hace crecer y ser lo que “estoy llamado” a ser... Es hora de dejar “bellas utopías” y de centrarse en lo que realmente puede aportar algo, tanto a mi como a los demás...

viernes, 23 de octubre de 2009

El maestro y el alumno

Al terminar la clase, ese día de verano, mientras el maestro organizaba unos documentos encima de su escritorio, se le acercó uno de sus alumnos y en
forma desafiante le dijo:

- "Profesor, lo que más me alegra de haber terminado sus clases es que no tendré que escuchar más sus tonterías y podré descansar de verle esa cara aburrida"

El alumno estaba erguido, con semblante arrogante, en espera de que el maestro reaccionara ofendido y descontrolado.

El profesor miró al alumno por un instante y en forma muy tranquila le preguntó:

- "¿Cuando alguien te ofrece algo que no quieres, lo recibes?"

El alumno quedó desconcertado por la calidez de la sorpresiva pregunta.

- "¡Por supuesto que no!", contestó de nuevo en tono despectivo el muchacho.

- "Bueno", prosiguió el profesor. "Cuando alguien intenta ofenderme o me dice algo desagradable, me está ofreciendo algo, en este caso una emoción de rabia y rencor, que puedo decidir no aceptar."

- "No entiendo a qué se refiere", dijo el alumno confundido.

- "Muy sencillo", replicó el profesor. "Tú me estás ofreciendo rabia y desprecio, y, si yo me siento ofendido o me pongo furioso, estaré aceptando tu regalo. Y yo, mi amigo, en verdad prefiero obsequiarme mi propia serenidad."

- "Muchacho", concluyó el profesor en tono gentil, "tu rabia pasará, pero no trates de dejarla conmigo, porque no me interesa. Yo no puedo controlar lo que tú llevas en tu corazón, pero de mí sí depende lo que yo cargo en el mío."

lunes, 28 de septiembre de 2009

Cargar las piedras.

Hu-Ssong propuso a sus discípulos el siguiente relato:

- "Un hombre que iba por el camino tropezó con una gran piedra. La recogió y la llevó consigo. Poco después tropezó con otra. Igualmente la cargó. Todas las piedras con que iba tropezando las cargaba, hasta que aquel peso se volvió tan grande que el hombre ya no pudo caminar. ¿Qué piensan ustedes de ese hombre?"

- "Que es un necio", respondió uno de los discípulos. "¿Para qué cargaba las piedras con que tropezaba?"


Dijo Hu-Sso
ng:

- "Eso es lo que hacen aquellos que cargan las ofensas que otros les han hecho, los agravios sufridos, y aun la amargura de las propias equivocaciones. Todo eso lo debemos dejar atrás, y no cargar las pesadas piedras del rencor contra los demás o contra nosotros mismos. S
i hacemos a un lado esa inútil carga, si no la llevamos con nosotros, nuestro camino será más ligero y nuestro paso más seguro."

miércoles, 15 de julio de 2009

"El corazón más hermoso" (Anónimo)

Mucho tiempo sin actualizar este blog... mucho tiempo de silencio pensado, decidiendo, esperando...

Hoy quiero compartir un cuento que escuché hace mucho tiempo, demasiado quizá... y que no hace tanto tiempo, compartí con otros... ahora lo pongo aqui para que lo lea quien quiera... y lo use quien pueda...

Un día un hombre joven se situó en el centro de un poblado y proclamó que él poseía el corazón más hermoso de toda la comarca. Una gran multitud se congregó a su alrededor y todos admiraron y confirmaron que su corazón era perfecto, pues no se observaban en el ni máculas ni rasguños.

Sí, coincidieron todos que era el corazón más hermoso que hubieran visto. Al verse admirado el joven se sintió más orgulloso aún, y con mayor fervor aseguró poseer el corazón más hermoso de todo el vasto lugar.

De pronto un anciano se acercó y dijo:

- "¿Por qué dices eso, si tu corazón no es ni tan, aproximadamente, tan hermoso como el mío?

Sorprendidos, la multitud y el joven miraron el corazón del viejo y vieron que, si bien latía vigorosamente, éste estaba cubierto de cicatrices y hasta había zonas donde faltaban trozos y éstos habían sido reemplazados por otros que no encastraban perfectamente en el lugar, pues se veían bordes y aristas irregulares en su derredor. Es más, había lugares con huecos, donde faltaban trozos profundos. La mirada de la gente se sobrecogió .

- "¿Cómo puede él decir que su corazón es más hermoso?", pensaron...

El joven contempló el corazón del anciano y al ver su estado desgarbado, se echó a reír.

- "Debes estar bromeando," dijo. "Compara tu corazón con el mío... El mío es perfecto. En cambio el tuyo es un conjunto de cicatrices y dolor."

- "Es cierto", dijo el anciano, "tu corazón luce perfecto, pero yo jamás me involucraría contigo... Mira, cada cicatriz representa una persona a la cual entregué todo mi amor. Arranqué trozos de mi corazón para entregárselos a cada uno de aquellos que he amado. Muchos a su vez, me han obsequiado un trozo del suyo, que he colocado en el lugar que quedó abierto.

Como las piezas no eran iguales, quedaron los bordes por los cuales me alegro, porque al poseerlos me recuerdan el amor que hemos compartido."

- "Hubo oportunidades, en las cuales entregué un trozo de mi corazón a alguien, pero esa persona no me ofreció un poco del suyo a cambio. De ahí quedaron los huecos, dar amor es arriesgar, pero a pesar del dolor que esas heridas me producen al haber quedado abiertas, me recuerdan que los sigo amando y alimentan la esperanza, que algún día -tal vez- regresen y llenen el vacío que han dejado en mi corazón."

- "¿Comprendes ahora lo que es verdaderamente hermoso?"

El joven permaneció en silencio, lágrimas corrían por sus mejillas. Se acercó al anciano, arrancó un trozo de su hermoso y joven corazón y se lo ofreció. El anciano lo recibió y lo colocó en su corazón, luego a su vez arrancó un trozo del suyo ya viejo y maltrecho y con él tapó la herida abierta del joven. La pieza se amoldó, pero no a la perfección. Al no haber sido idénticos los trozos, se notaban los bordes.

El joven miró su corazón que ya no era perfecto, pero lucía mucho más hermoso que antes, porque el amor del anciano fluía en su interior.